Quién soy yo
Ya en el año 1982, nada más terminar mi formación participé en el encierro de médicos en el Colegio de Médicos de Madrid. Un mes permanecimos encerrados, coincidiendo con el Mundial de fútbol en España. Reclamábamos la creación de los centros de salud, la familia y la comunidad, menos pacientes por médico, más tiempo por paciente, la creación de los equipos multidisciplinares… En fin, una Medicina centrada en la prevención, más medios diagnósticos para la atención primaria, atención continuada, mejor formación para los residentes.Éramos jóvenes
Bullas, un pueblo de izquierdas
Llegué en un R-5 de segunda mano de color naranja (Matzinger Zeta, por la matrícula que era M-Z). Mi llegada no se me puede olvidar jamás: en lugar de coger la carretera de Calasparra llegué hasta Cieza desde Madrid, y de ahí por Cajitán a Bullas. Fue todo un baño de Región y una experiencia inolvidable.
En Bullas aparecieron más sorpresas. No había ni una sola plaza de hotel o de hostal, pero la gente de esta tierra apareció en mi vida: Dolores, “la del sardina”, me llevó a su casa, sin conocerme de nada, y me instaló en la habitación de su hija Mari Cruz, sin conocerme de nada. Al día siguiente ya me habían buscado casa, la de Lázaro Collado, familia de Dolores. Sus hijos, sin protestar por la invasión, me recibieron con cariño: Lázaro, Jose y la desplazada Mari Cruz. Viví allí más de un mes, hasta que encontré piso de alquiler. Me cuidaron y me mimaron. Así conocí a la gente de esta Región: desprendida, generosa, sociable, divertida…
Fui la primera mujer sola que alquilaba un piso en Bullas. Fueron más de dos años de duro trabajo, sin servicio de Urgencias, con muchas guardias de día, de noche, de fin de semana. Ganábamos poco, pero éramos jóvenes y todos los compañeros lo hacían fácil. Don José Zoyo, Carmen Orcajada, Lina, Alfonso el pediatra, tan serio en la consulta, tan buen profesional, tan divertido y cariñoso fuera de ella. Nati, la que siempre estaba para echar una mano, con su casa abierta de par en par, con sus hijos y su compañero. Sin olvidarme del “Yeguero”, que hacía de celador en el consultorio, o de Fina “la barnesa”, auxiliar, conocida por todo el pueblo, con sus frases hechas como sentencias.
Y en la calle la política. Un ayuntamiento socialista en un pueblo de izquierdas. Una ambiciosa política cultural, de dedicación de servicio público, con pocos recursos pero bien gestionados. La Casa de la Juventud, la Universidad Popular: Emilio, Cayetano, la Cati, Manolo. Toñi… y Juan, el que después sería mi compañero y marido. Trabajo, fiestas, compromiso. Nunca milité en el PSOE de Bullas, pero participé de sus mejores momentos de entonces. Hasta el parto de María, la primera hija de Cayetano y Cati, coincidió con una encendida asamblea de la Agrupación. Y Cati y yo esperando en el Happy, un café muy conocido. Allí también vimos cómo España ganaba a Malta por 12-1 goles y se clasificaba para la Eurocopa.
Fue un tiempo de innumerables viajes por la Región, de cientos de kilómetros por carreteras secundarias, desde el límite con Albacete y Granada, desde Ramonete a Águilas, de Cehegín a Doña Inés y Coy, de Bullas a Lorca por La Zarzadilla, a Moratalla, a Calasparra, a Mula, adonde por cierto debíamos ir todos los meses a recoger los talonarios de recetas. Con cualquier excusa no nos perdíamos las fiestas, el teatro, conciertos y los encierros. A Caravaca nos desplazábamos a comprar El País, que aún no se vendía en Bullas, donde por cierto no había ni un solo supermercado. Y cuando preguntaba por qué no había ningún súper, la respuesta de la gente era que “porque no nos gustan y preferimos comprar en ‘el Rancho grande’ o en ‘ca la Mata’, y eso no admitía discusión.
Puesta en marcha del Centro de Salud de Cieza
En 1985, el entonces director provincial del Insalud, el socialista Carlos Alberola, fue el primero en convocar oposiciones a los centros de salud, tres años después del encierro de Madrid. Como yo tenía claro que quería trabajar en un Equipo de Atención Primaria, me presenté. Obtuve plaza en el centro de salud de Cieza, y dejé Bullas con tristeza, pero la mejora en mis condiciones de trabajo merecía la pena.
Llegué al centro de salud de Cieza en febrero de 1985, que aún estaba sin terminar, sin muebles, sin organizar las cartillas (no había todavía tarjetas sanitarias).Era un centro nuevo pero extraño, con mucha luz, demasiada en la parte central, sin aire acondicionado, pero con una plantilla de lujo: Gabriel de Abarán, Pascual Lucas, Bernardo, Pepe Hernández, Paco Jiménez, además de los pediatras Rosa Pérez Tomás, Ascensión y Manolo. Los enfermeros eran muy jóvenes, interinos en su mayoría: María Jesús, Juan, María de Albox, y un personal de apoyo de bandera. De aquellos primeros destacaba Pepita, con muchas ganas de trabajar, responsable, cariñosa, o Miguel como celador.
En el centro empezamos a elaborar los historiales de la población. Todo suponía un cambio de mentalidad en la atención sanitaria. El trabajo era muy duro, empezando por trasladar los muebles, para lo que contamos con la ayuda y la colaboración del personal de la Casa de Socorro de entones, con Paco Pérez a la cabeza, y con el personal del servicio de Urgencias y del Laboratorio, dirigido por Antonio.
En esos primeros meses de 1985 aún vivía en Bullas, desde donde me desplazaba a Cieza por el Cajitán de Mula, mi carretera preferida en la Región. Viajaba con Salvador, el hijo mayor de “la Dolores” y Pepe “el sardina” que trabajaba en un banco en el Paseo de Cieza. Eran viajes muy divertidos. Salvador era de derechas, yo rojilla, pero entre ambos había un gran respeto y cariño. Aún recuerdo el día del funeral de Enrique Tierno Galván: Salvador, en silencio, y yo sin dejar de llorar en su coche…de vuelta a Bullas. La política y el sindicato me seguían rondando, sin ocupar todo el espacio, pero sin abandonarlos.
Cieza fue tierra donde me curtí profesionalmente. Clínica, investigación, formación, un tiempo de gran productividad. Con nuevas amigas, como María Jesús e Inma. Me marché poco tiempo después a vivir a Murcia: Plaza de las Flores, teatro y jazz en la calle, fiestas luminosas, una ciudad en permanente cambio. Una Murcia donde se podía vivir, una ciudad con encanto.
Compromiso sindical en UGT
En 1988 me piden desde la federación de Sanidad de UGT que deje la consulta y me vaya a trabajar para el sindicato. Fueron tiempos de negociación, confrontación, jornadas, salarios, condiciones de trabajo, con mucho trabajo por hacer. Era muy buena gente la que había en el tajo: Antonio, los “Juan Antonios”, Vicente Hernando siempre elegante; Pedro, auténtico; Mari Carmen, que venía de Madrid del sindicato. Tiempos de mucho debate y discusión sobre el modelo sanitario. En Madrid, negociación con el Ministerio. Broncas, risas, muchas risas; horas muchas horas; moqueos que acababan como empezaban. Asambleas, comités, congresos. Los hombres del sindicato estaban siempre dispersos, en las nubes. Nosotras, más centradas. Documentos, orden, economía… como la vida misma.
Y entre tanto, viajes, muchos viajes. Con Juan, con Alfonso, con Paco, con María Jesús, con mis amigos de Zaragoza, con los de Castellón. Una vida vivida de manera muy activa, al cien por cien, y era muy feliz. Llegábamos a todos los sitios y a veces corríamos mucho para no llegar a ningún sitio. Es la época de la huelga general de diciembre de 1989, con división de opiniones entre la gente cercana, la de la compra de mi primera casa, con hipoteca al 17% y a 12 años, junto al hospital de la Cruz Roja. Era unos tiempos de estabilidad: por primera vez en mi vida tenía claro en donde quería vivir, quizás para siempre. En esta tierra de acogida. En la que ya sentía como mi Región.
Durante estos años mi familia había crecido. Mis hermanas se habían casado y me habían hecho tía.
En 1986, una asociación de cooperación con el sur nacía en España: Acsur-Las Segovias. En Murcia lo hizo de la mano de Armando, Pascual Ortuño, Rosa Pérez y Pedro José, y yo me convertí muy pronto en su presidenta. El trabajo en este mundo de la solidaridad internacional fue intenso y con muy buen ambiente, con el único objetivo de contribuir a unas condiciones de desarrollo justo y solidario a nivel mundial.
Nueva etapa en Santo Ángel
En 1990 cambiamos de casa. Llegamos a Santo Ángel, una pedanía de Murcia, situada en las faldas del Monte, lo que supuso una nueva hipoteca pero también nuevos amigos y amigas, además de los vecinos. Una nueva familia, en definitiva. Después nuestra boda y la experiencia mágica de un embarazo maravilloso.
En marzo de 1992 llegó la sorpresa: Pedro adelanta su llegada al mundo. Prematuro y con ello… incubadora, débito continuo, ictericia, distress. Palabras que se te clavan en el cerebro mientras intentas mantener la calma. Quince días después sonrisas y un bebé que no dejó de sonreír… hasta los 14 años.
En lo profesional fueron tiempos de mucho trabajo en el sindicato. En 1994 me piden salir del ámbito de la Sanidad e incorporarme a la Ejecutiva del regional para asumir la responsabilidad de la Política Institucional. Período frenético. Ruedas de prensa, IPC, paro, EPA, Presupuestos… Todo era nuevo para mí. Tuve que estudiar mucho, preguntar, absorber. Nunca se me olvidará el inmenso esfuerzo de los compañeros de UPA que me ayudaron en esa época.
En Comisiones Obreras entonces estaban entretenidos en el congreso en el que debatían la salida de Pepe Cánovas.
En la Comunidad llegó el cambio de gobierno y la mayoría absoluta del PP. Renegociaciones, cambios en estrategia sobre el Plan de Reactivación y mucho por hacer. Negociación a tres bandas. Fue el momento del intento de consolidar la unidad sindical con CCOO, con un Gobierno regional que necesitaba nuevos acuerdos que ofrecer a la sociedad. Las Mesas de Negociación se sucedían con propuestas y más propuestas: Instituto de Salud Laboral, Ley de participación Institucional, revisión del Plan Estratégico, Políticas Activas, SIPES, consejos comarcales de Empleo, nuevas transferencias, Formación tripartita. Era un tiempo de vértigo, de trabajo y más trabajo para el que, como siempre, estábamos dos o tres personas. En UGT, José Mª Gregorio y yo. Ayudados por la buena voluntad de la buena gente.
En 1997 dije que hasta aquí había llegado. Había cumplido una etapa y era hora de volver a la consulta. Unos meses de reciclaje con mis compañeras y amigas, Marina y Mª Dolores, y a incorporarme al consultorio de Patiño. Estábamos ya en 1998.
Mi vida personal la vivía sin sobresaltos. Pedro era un niño estupendo, en su vida en el colegio, y con los amigos, jugar y reír. Juan, un padre comprometido fuera y en casa. Sin él y sin Toñi hubiera sido imposible dedicarme al trabajo sindical. Eso sí. Nunca prácticamente comidas fuera de casa. Nunca prolongar artificialmente la jornada. El tiempo aprovechado al máximo. El tiempo libre, para mi familia, mis amigos y amigas, leer, viajar…o simplemente para no hacer nada.
Patiño y su gente
Patiño, su huerta y su gente me atraparon. Muchísimo trabajo por hacer y un cupo demasiado numeroso. Todo se podía soportar gracias al esfuerzo y ayuda de las compañeras del consultorio: Gloria, María y Carmen Nadal, la “superenfermera” que revolucionó Patiño. Auténtica, trabajadora, profesional, divertida. Amiga y compañera entrañable. Y dos días a la semana, un ratito, aparecía como un suspiro Mª Teresa, nuestra pediatra.
Sin ellas el trabajo me hubiera desbordado. Con ellas cerca merecía la pena. Siempre al quite para solucionar problemas a los pacientes y cuidarnos, a ellos y a mí. Iniciamos una nueva experiencia: las visitas programadas a domicilio de nuestros mayores. Recorría los carriles de la huerta, siempre acompañada por alguna de las compañeras, disfrutando de su magia. Los rincones de Patiño, el carril de la Parada, los del barrio del Progreso y Santiago el Mayor y la huerta de Santo Ángel eran y son, desde entonces, mi casa.
Desde el principio hubo entendimiento con la gente. Incluso cuando teníamos que dirimir diferencias. Respetuosos, cariñosos, afables, pacientes, generosos. Un día era el bizcocho que traía la tía de Gloria, Teresa Torres, otro día Mariano con el conejo frito con tomate, otro el desayuno pagado con la herencia de un paciente al que yo ni siquiera había llegado a conocer; naranjas, limones, los cordiales de Carmen. Probablemente los mejores pacientes, aún teniendo un consultorio en unas condiciones penosas. Espacio incómodo y oscuro. Poco personal para atender una población creciente. Cualquier prueba complementaria obligaba a los pacientes a desplazarse a Murcia Infante. Y eso sin transporte público.
Por eso, uno de los objetivos que me planteé fue convencer a la Gerencia de Atención Primaria de la necesidad de dotar de recursos el consultorio: una nueva plaza de médico, una más de enfermería, electrocardiógrafo, espirómetro. Meses de duro trabajo y un trabajo continuo acabaron, como suele ocurrir, dando sus frutos. En la gerencia se resistían, pero los números no mienten. Por fin buenas noticias: se aumentaba la plantilla, ampliábamos local y Patiño empezaba a tener los servicios que a los que su ciudadanía tenía derecho. Llegaban Tomi como médico y Carmen Ballesteros como enfermera. Y a ellas se añadían los estudiantes de Enfermería que empezaron a pasar por el consultorio.
Mucho trabajo, mucho compañerismo y muchas risas. Carmen Nadal contribuía a ello. No había fiesta que no celebráramos. Y también momentos de pena al tener que ir despidiendo a algunos de los pacientes convertidos en amigos.
En mi vida particular las cosas no podían ir mejor. El compromiso de Juan con la cooperación al desarrollo iba creciendo como nuestro hijo. Los amigos con los que convivíamos en el día a día se iban convirtiendo en nuestra familia. Al mismo tiempo mis ganas de participar en la vida política activa asomaban y la Agrupación del Valle me recibió con los brazos abiertos. Sebastián, Pepe Carrillo, Manolo, Carmen Ayala, Valentina, Mari Carmen la tapicera, Carmen Madrid, Roberto… Compañeros que en los momentos más difíciles del partido habían mantenido la actividad y su compromiso con el partido y con la sociedad. Un ejemplo a seguir y mucho trabajo. Como siempre.









